El poder que viene de lejos

Hace algunos días escuché una intervención del presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, en la que hizo una referencia que despertó mi curiosidad.

Habló de Rafael Núñez, uno de los hombres más importantes de nuestra historia republicana, y afirmó que no quería repetir lo que consideraba su gran error: haber defendido un Estado excesivamente centralista. Abelardo anunció que su propósito sería gobernar desde las regiones, acercarse a los departamentos y municipios y disminuir la concentración del poder en Bogotá.

Aquella referencia me llevó a preguntarme quién había sido realmente Rafael Núñez.

Todos hemos escuchado su nombre. Sabemos que escribió la letra que después se convirtió en nuestro himno nacional y que estuvo vinculado con la Constitución de 1886. Sin embargo, al menos en mi caso, conocía mucho más sobre Simón Bolívar que sobre Rafael Núñez.

Bolívar fue el Libertador. Encabezó la lucha por romper el dominio español y contribuyó al nacimiento de una nación independiente.

Núñez perteneció a otra generación. No tuvo la misión de liberar el territorio de España, sino la de reorganizar un país que llevaba décadas dividido por guerras civiles, disputas regionales y luchas entre federalistas y centralistas.

Podría decirse de manera sencilla:

“Bolívar ayudó a liberar la nación; Núñez transformó la manera como esa nación sería gobernada.”

El hombre que cambió el Estado colombiano

Rafael Núñez nació en Cartagena en 1825. Fue abogado, periodista, escritor, diplomático, ministro y uno de los políticos más influyentes del siglo XIX. Fue elegido para ocupar la Presidencia en cuatro oportunidades, aunque por razones de salud y por las condiciones políticas de la época no ejerció personalmente durante la totalidad de todos esos periodos. Fue, en cualquier caso, uno de los pocos hombres que alcanzaron cuatro veces la primera magistratura del país.

Cuando Núñez llegó al poder, Colombia se llamaba Estados Unidos de Colombia y estaba organizada como una federación. El país estaba formado por estados soberanos que tenían constituciones, ejércitos y autoridades propias. El Gobierno nacional era relativamente débil y las confrontaciones entre regiones y partidos eran frecuentes.

Núñez llegó a la conclusión de que aquel modelo estaba conduciendo al país al desorden y a la fragmentación. Por eso lideró un movimiento conocido como la Regeneración, cuya idea central era fortalecer la autoridad nacional y reconstruir el Estado.

Su obra política más importante fue la Constitución de 1886. No la escribió solo —en ella participaron Miguel Antonio Caro y los integrantes del Consejo Nacional Constituyente—, pero Núñez fue el gran conductor político de la transformación.

La nueva Constitución acabó con los estados soberanos y los convirtió en departamentos. Fortaleció al presidente, aumentó la autoridad del Gobierno nacional y declaró que Colombia se reorganizaba como una República unitaria. Esa Constitución permaneció vigente, con numerosas reformas, hasta 1991.

Núñez también restableció una relación estrecha entre el Estado y la Iglesia católica. La Constitución le reconoció a la religión católica un lugar privilegiado y el Concordato de 1887 reguló las relaciones entre Colombia y la Santa Sede, devolviéndole a la Iglesia una influencia considerable en la educación y en la vida social.

En materia económica creó en 1880 el Banco Nacional, que no debe confundirse con el actual Banco de la República, fundado mucho después, en 1923. Aquel banco fue un intento de organizar la moneda y fortalecer la capacidad financiera del Gobierno. Núñez promovió además obras públicas, impulsó el ferrocarril entre Bogotá y Girardot y adoptó medidas de protección para estimular la naciente industria nacional.

También escribió el poema patriótico cuya letra fue musicalizada por el compositor italiano Oreste Síndici y terminó convirtiéndose en el Himno Nacional de Colombia.

Fue, por tanto, un hombre de una influencia extraordinaria. Transformó la organización territorial, las relaciones con la Iglesia, la autoridad presidencial, el sistema monetario y buena parte de la cultura política colombiana.

Algunos lo consideran el hombre que devolvió el orden y la unidad a la República. Otros lo responsabilizan de haber creado un centralismo demasiado fuerte, que dejó a las regiones dependiendo durante muchos años de las decisiones tomadas en Bogotá.

Es precisamente ese centralismo el que Abelardo de la Espriella ha dicho que quiere corregir.

La pregunta por el linaje

Pero mi investigación no comenzó solamente por Rafael Núñez.

Comenzó por algo que he observado en Abelardo de la Espriella: la fuerza con la que habla, la autoridad que proyecta, su capacidad para movilizar a millones de personas y el sentimiento de patriotismo que ha despertado en una parte considerable de los colombianos.

Independientemente de que alguien comparta o no todas sus posiciones, resulta difícil negar que posee una enorme capacidad para comunicar, liderar y despertar emociones colectivas.

Eso me produjo una pregunta:

“¿Puede semejante despliegue de poder y autoridad construirse completamente durante los 48 años de vida de una sola persona?”

Mi impresión personal es que no.

Creo que algunas capacidades se desarrollan mediante el estudio, el trabajo y la experiencia individual, pero también existen memorias, formas de carácter y modelos de liderazgo que se transmiten dentro de las familias.

No me refiero necesariamente a una herencia biológica o a una especie de destino inevitable. Hablo de relatos familiares, ejemplos, valores, aspiraciones, maneras de ejercer la autoridad, relaciones sociales y una determinada conciencia de pertenecer a una historia más antigua.

Por eso quise conocer el linaje de Abelardo de la Espriella.

Manuel Zenón de la Espriella Anzoátegui

En esa investigación apareció un personaje muy interesante: Manuel Zenón de la Espriella Anzoátegui, conocido como el Rubio, nacido en Cartagena alrededor de 1840.

Fue abogado, político y miembro de una antigua familia caribeña vinculada con la vida pública del Estado Soberano de Bolívar. Su existencia y su ascendencia dentro de la familia De la Espriella aparecen en recopilaciones genealógicas, aunque estos árboles deben considerarse orientativos mientras no se contrasten completamente con registros parroquiales y civiles.

Manuel Zenón no aparece como antepasado directo del actual presidente, sino como integrante de una rama colateral antigua del mismo tronco familiar De la Espriella. Es decir, ambos pertenecerían a ramas diferentes de una familia extensa con presencia histórica en Cartagena y en la región Caribe.

Lo más llamativo es la relación que Manuel Zenón habría tenido con Rafael Núñez.

Una reconstrucción biográfica familiar sostiene que Manuel Zenón era amigo de Núñez y adelantaba con buenas posibilidades su candidatura a la Presidencia del Estado Soberano de Bolívar.

Núñez necesitaba ocupar ese cargo regional como plataforma para fortalecer su aspiración a la Presidencia nacional. Según ese relato, le pidió a Manuel Zenón que le cediera la candidatura. Manuel Zenón aceptó y anunció públicamente su apoyo a Núñez en la Plaza de la Aduana de Cartagena.

La misma historia cuenta que Núñez contemplaba nombrarlo secretario de Gobierno, una posición de gran importancia dentro del Estado Soberano de Bolívar. Sin embargo, después de obtener el poder, Manuel Zenón habría quedado marginado políticamente.

No sabemos con certeza todos los detalles de lo ocurrido. Buena parte de esta narración procede de una memoria familiar publicada y de una comunicación que, según sus descendientes, se conserva dentro de la familia. Por eso no sería prudente afirmar categóricamente que existió una traición en el sentido jurídico o plenamente demostrado de la palabra.

Lo que sí parece claro dentro de esa tradición es que la amistad política se rompió.

Manuel Zenón no fue solamente un hombre que aspiró a cargos públicos. También ejerció como abogado y defendió a comunidades indígenas del Caribe. Existe documentación académica sobre su intervención, a finales del siglo XIX, en defensa de los indígenas de Malambo y de sus derechos territoriales, lo que muestra que poseía una vocación jurídica y política significativa.

Una antigua familia política del Caribe

Esta historia me permitió comprender que el apellido De la Espriella no apareció recientemente en la vida pública colombiana.

Mucho antes del nacimiento de Abelardo, miembros de esa familia ya participaban en la política, el derecho y las disputas por el poder en Cartagena y en el antiguo Estado Soberano de Bolívar.

No significa que todos los miembros de una familia piensen igual ni que el actual presidente esté repitiendo conscientemente la vida de Manuel Zenón.

Tampoco puede afirmarse que Rafael Núñez y Abelardo pertenezcan al mismo linaje sanguíneo. Lo que comparten es algo diferente: ambos surgieron de ese mundo político y cultural del Caribe colombiano, una región que ha producido dirigentes de enorme personalidad, capaces de confrontar el poder central y de proyectarse hacia todo el país.

Pero hay una coincidencia histórica que me resulta profundamente llamativa.

En el siglo XIX, un miembro de una rama colateral de los De la Espriella cedió su candidatura regional para facilitar el ascenso político de Rafael Núñez, quien después encabezó la creación del Estado centralista de 1886.

Casi siglo y medio después, otro De la Espriella llega a la Presidencia de la República y anuncia que quiere corregir precisamente aquel centralismo, gobernando desde las regiones y devolviéndoles protagonismo a los territorios.

No puedo afirmar que Abelardo esté continuando deliberadamente una causa familiar pendiente. Sería ir más allá de lo que permiten los documentos.

Pero como hecho histórico y como símbolo resulta fascinante:

“Un De la Espriella ayudó a abrirle el camino regional a Rafael Núñez; otro De la Espriella, muchas generaciones después, cuestiona el modelo centralista que Núñez dejó establecido.”

Lo que puede transmitir un linaje

Cuando hablo de linaje, no quiero reducir la grandeza de una persona a sus apellidos.

Abelardo ha construido su propia trayectoria mediante su formación jurídica, su trabajo profesional, sus decisiones, sus aciertos y sus controversias.

Pero también creo que ningún ser humano comienza completamente desde cero.

Las familias transmiten más que bienes y apellidos. Transmiten maneras de mirar el mundo, historias de poder y de pérdida, recuerdos de antiguas alianzas, silencios, vocaciones, temperamentos y formas de enfrentar la adversidad.

Tal vez por eso algunos hombres parecen hablar no solamente con su propia voz, sino con el eco de muchas generaciones.

Al conocer la historia de Manuel Zenón de la Espriella Anzoátegui, comprendí que la autoridad que hoy proyecta Abelardo puede interpretarse también dentro de una tradición caribeña de abogados, dirigentes y hombres públicos que han participado en la construcción política de Colombia.

No es una prueba de que el destino esté escrito en la sangre.

Es algo más humano y más profundo:

“La posibilidad de que, detrás de cada hombre que logra movilizar a una nación, exista una historia familiar mucho más antigua que lo preparó, consciente o inconscientemente, para reconocer su momento cuando este finalmente llegó.”